de mi abuela
en los rayitos de sol. en el cuerpo. en morir.
Me pregunto por el último rayo de sol que sintió mi abuela en la cara. El último de verdad. Un rayo de sol de los que hacen que los ojos se derrumben, las mejillas flaqueen y la angustia se rinda. Uno de esos que hace creyente a los ateos.
Me pregunto si lo sintió un día, al volver de la compra, parada en la acera, porque se encontró mal y ya no podía cargar sola con el peso de las bolsas y entonces, tentada por el aroma de sofrito de sus vecinas, dudó en timbrar a una casa cualquiera y pasar a compartir unos taquitos con alguna de ellas.
Me pregunto si fue un día, al despertar y airear su dormitorio. Si se paró un par de minutos en el alféizar a pensar, o a no hacerlo, y dejó que el sol penetrara y templara su reciente miedo a morir.
Me pregunto si ocurrió tras contemplar en un reflejo, quizá del escaparate de una tienda de zapatos, quizá del ventanal de unas oficinas, un cuerpo más delgado, más esbelto, más estilizado, más deseable y más deseado, más flaco que no sabía de dónde salía, pero que se alegraba de haber alcanzado. Si sucedió que dejó que el rayo de sol cayera sobre ella porque quiso regodearse unos segundos más en el ansiado premio de verse con menos peso, por primera vez en años, y sin haberse esforzado, sin haberlo previsto, ni peleado.
Me pregunto si lo sintió en la última fiesta de cumpleaños de una de sus amigas, donde todo el grupo alabó lo esbelta que estaba, lo flaca que se había puesto, lo bonita que se veía.
Me pregunto si fue en aquel crucero, el de sus últimas vacaciones, en el que, dado su renovado y celebrado cuerpo, recobró la confianza para ponerse en traje de baño sobre una tumbona.
Me pregunto si fue al salir del médico que le diagnosticó lo que tardó solo unos meses en apagar el sol sobre ella para siempre.
Me pregunto si sintió ese rayo de sol cuando se preguntó por primera vez por qué a ella, por qué tan tarde, por qué la enfermedad, por qué esa enfermedad, por qué el dolor, por qué a ella, por qué en ese momento. Yo lo siento ahora, el rayo del sol, ahora que pienso en ella, y en cómo su cuerpo fue síntoma de la tragedia.
Me pregunto si alguna vez se preguntó por su cuerpo.
Pienso en ella a través del sol que me consuela. Pienso en ella y en su alegría de haber sido flaca, una vez más, unos días más. Pienso en ella y en la rabia que me da la violencia estética que les hizo ignorar su decadencia. Pienso en ella, en este sol de marzo, que no abrasa, que solo juega, que reconforta y que atempera. Pienso en ella como nunca había pensado antes y en cómo el rayo que ahora mi ventana atraviesa un día atravesó la de ella.
Pienso en qué habría hecho yo de haber sido ella. Pienso que habría hecho lo mismo que ella.
Escribo esto junto a una ventana abierta, en un lugar en el que solo se oyen hojas movidas por el viento. Eso y a una mujer que habla por teléfono con alguien al que le recomienda que se coma su bocadillo en la terraza, al solecito, mientras le asegura que todo lo demás está bajo control. Que le ve luego en casa. Que le quiere.
Algo hay en el rayo de sol, que apenas me deja ver la pantalla del ordenador, de mi abuela, de su herencia, de su deseo y de mi reivindicación. Algo hay en el rayo de sol que hoy se siente como un abrazo entre las dos.
Foto de portada: Lukas Blazek


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